No deseo volver…

“Soy de nuevo ese pájaro libre sin identidad precisa que es cualquier viajero, alguien que se asombra ante todo cuanto acontece a su alrededor

[…] Y no deseo volver a mi patria y quiero seguir siendo nadie el resto de mis días y regresar a las tierras recorridas meses atrás, como quien rebobina una película varias veces vista y siempre nueva […]

Así lo siento en este instante, al iniciar el libro y recuperar el sabor del viaje, mientras las imágenes del camino se agolpan en desorden en mi memoria y piden saltar al papel.”

 
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Un buen tipo llamado Vicente me explicó hace unos años que el desconcierto que te inunda tras cruzar océanos volando nada tiene que ver con el tiránico cambio de ritmo circadiano, que la ciencia y el jet lag no lo explican todo: “Cuando viajas en avión te cuesta adaptarte y comprender los nuevos sonidos, luces, olores y sabores porque dejaste atrás tu alma; ella viaja a otro ritmo, camina más lenta“.

Desde entonces, cuando veo las pistas de un aeropuerto, imagino miles de almas perdidas deambulando por esas extrañas autopistas hacia ninguna parte, persiguiendo el avión que eleva sus cuerpos, gritando los nombres de sus dueños…

El miedo a la velocidad, a nuevos medios de transporte gigantescos y metálicos, no es nuevo. En 1829 Thomas Creevy relató aterrorizado sus primeros viajes en ferrocarril porque era tan veloz “como volar y siempre estás pensando en la muerte instantánea en caso de mínimo accidente […] el constante miedo al descarrilamiento, la explosión, el choque, la catástrofe, impotencia absoluta frente a la trayectoria de la locomotora“. Creevy no estaba solo, muchos científicos de la época creían que, además de provocar graves daños ecológicos (el humo dañaría las cosechas y mataría a los pájaros a su paso) moverse a más de 40 kilómetros por hora podía provocar:

  • Desgarros musculares y fracturas óseas provocados por la vibración, la aceleración, la deceleración.
  • Ansiedades y fobias perpetuas ante los nuevos riesgos (Freud, Oppenheim y Charcot dixit).
  • Inflamación de la retina y percepción de la realidad distorsionada por la rápida sucesión de imágenes, de comprensión inasumible por el cerebro a semejante velocidad.
  • Agotamiento físico y mental.
  • Abortos prematuros.
  • Muerte por asfixia en caso de cambios climáticos súbitos.

En 1846 “Pesadilla en los raíles” (un cuento anónimo, una versión decimonónica de la tragedia de Germanwings -nada es nunca nuevo-), planteaba la posibilidad de un “conductor loco y desesperado tras el suicido de su amada” que lleva más allá de sus límites la locomotora, ese “monstruo de vapor” y la obliga a “avanzar más rápido de lo que nunca lo hiciera cualquier mortal” (y aquí la versión ferroviaria de Vicente) “más rápido incluso que los espíritus“.

Mi cuerpo aterrizó hace nada agotado y boquiabierto tras un fabuloso viaje transoceánico de casi tres meses en los que aprendí, disfruté y fotografié sin descanso mientras devoraba vida, historia y claroscuros en Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Bolivia y Colombia.

Vuelvo sin desearlo a Barcelona, a Catalunya, a España (a mi patria, ese concepto que cuanto más viajas menos sientes), regreso agradecido, fascinado, rebosante de experiencias inolvidables, viejas certezas y nuevas dudas. Pero también algo desorientado, Vicente tiene razón, cierto aturdimiento es lo mínimo esperable por vivir sin alma unos días. Me pregunto si debería esperarla aquí o salir corriendo ahora mismo al aeropuerto y volar de regreso a buscarla…

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 [ Fotografías: tomadas en el avión que me arrancó de El Salvador rumbo a una escala en Perú previa a Bolivia. Sí, esas luces súbitas dentro del avión tal vez fueran retazos de almas que pretendían saltar por la ventana y permanecer allí para siempre. ] [ Cita: del siempre envidiado Javier Reverte en Los caminos perdidos de África. Datos y referencias de Pesadilla en los raílesThe Railway JourneyShades of loneliness, pathologies of a technological society y el artículo Cuando los médicos temieron al ferrocarril. Por cierto (alerta spoiler) el relato del conductor suicida acaba justo antes del descarrilamiento, cuando el narrador despierta de una pesadilla más hija del miedo, miedo a lo nuevo y a lo viejo, a lo inevitable y a lo incierto, a la vida y la muerte. Con lo bello que es vivir sin miedo… ]

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2016-10-12T16:32:04+00:00

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