Jordi-Pujol-David-Borrat
Mírale bien: es Jordi Pujol en su primera aparición pública tras ‘confesar‘. Y sonríe. La que debía ser la rueda de prensa más complicada de su vida y el tipo sonríe. Y aquí no pasa nada.

Lo dramático de la fotografía no es que Pujol aparezca sonriente tras autoproclamarse el mayor estafador político y sentimental de la democracia catalana para explicar vaguedades, que “ya verá” si va o no va al Parlament y que “lee poco los periódicos“. No. Lo doloroso de esta fotografía es ver cómo las periodistas y el guardaespaldas le ríen la gracia. La domesticación cotidiana, la prensa ante la voz de su amo, el “ahora no toca“, ese pre-plasma pujoliano, transformado en icono.

¿O es que no dice eso la imagen?

Algunos medios apostaron por la lectura opuesta, la de un entrañable anciano atendiendo amablemente a la prensa tras declarar un diminuto despiste al fisco. Sería entonces la imagen de la transparencia, la cercanía, la versión catalana del campechanismo de Juan Carlos.

Ante lecturas múltiples, tal vez ayuden vídeos de la escena. Aparece Pujol, les dice a los periodistas dónde colocarse y escuchamos cómo varias voces preguntan, simultáneamente, antes que otra cosa: “¿cómo se encuentra?“. Como si fuera su salud o su ánimo y no sus cuentas lo alarmante y noticiable.

Cambiemos un momento de escenario. Coloquemos a un carterista. Por sus manos han pasado una veintena de turistas. O 2.000 a lo largo de su vida. Varios periodistas le esperan en la puerta de casa. ¿Le preguntan cómo se encuentra? El carterista es rumano y gitano. ¿Le ríen las bromas? Es pobre, marroquí y vende hachís. ¿Le obedecen cuando les dice dónde deben colocarse?

Otro vídeo. Insuperable. Varios periodistas acompañan al ex honorable mientras pasea y uno se disculpa en nombre de todos: “¡Le estamos dando el veranito!“. Pobre hombre, asediado por periodismo incisivo e inmisericorde toda la vida…

Volvamos a la imagen. ¿Cuál era la broma que nos hemos perdido? A falta de vídeo, un periodista que ha cubierto el tema me da una tercera lectura, la prosaica, la monosémica. “Cualquiera ha estado en ruedas de prensa más tensas, pero esa fotografía no hace justicia a nuestro trabajo“. Y es cierto, es muy fácil matar al mensajero. Por lo visto Pujol reconoció a una veterana periodista, interrumpió lo que explicaba y dijo sonriendo: “vaya, ¿tú también aquí?“. Cerrada la distensión de ese fogonazo memorístico, el momento me-río-con-vosotras, no-de-vosotras, las periodistas prosiguieron con sus preguntas, la decepción de tanta gente en Catalunya, los negocios de sus hijos… Y se volvió al “ahora no toca“.

Esa es la salvación y la condena de la fotografía, su potencial para generar dudas o certezas dependiendo de quién y cómo la lea, del titular y el pie de foto, del aplastante en este caso contexto histórico y social.

Nietzsche decía que “el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa“. Me gustaría creer que Pujol está sufriendo terriblemente y por eso ríe, o empatizar y ser compasivo, como dice ser Artur Mas. Pero en tiempos de Bárcenas, Matas, Millets y Urdangarines a uno le obligan a simplificar y por eso esta fotografía se reduce a la metáfora evidente, a cómo Pujol y tantos otros, después de robarnos, se ríen en nuestra cara. Aunque no le veamos la gracia.

[ Fotografía: David Borrat (EFE) ]
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