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Miras una pantalla al despertar para buscar la verdad, para saber (o creer que sabes) qué pasa en el mundo ahora, para interpretar el ayer, para deducir el mañana.
Antes leías un periódico en papel.
Antes, la gente escuchaba la radio.
Antes, alguien llegado de lejos narraba el mundo.
Antes, hace mucho tiempo, los humanos observaban el cielo al despertar.

Veo a un hombre leyendo, una versión fotográfica de Rodín, un tipo entretenido con las vidas imposibles de ricos y famosos, gestas deportivas, propaganda política. O tal vez lea sobre guerras, catástrofes, accidentes, muerte… Los medios como entertainers o creadores de un mundo en permanente hostilidad, peligro, dolor. Porque el pan y el circo funcionan desde siempre, porque el miedo domestica y los dolores ajenos consuelan los propios.

Creer es cuestión de fe y supervivencia. Sin verdades a las que agarrarse, habitando en la incertidumbre absoluta, el suelo desaparece bajo nuestros pies. Por eso existen (entre otras cosas) los medios de comunicación. Para dotar de sentido a la realidad (simplificándola radicalmente), para construir verdades que transformen el mundo en un lugar más comprensible (que no más habitable).

Dependientes los que se llaman independientes. Esclavos los que se llaman libres. Al servicio de un fin que justifica y canibaliza los medios.

Reproductores de la demagogia y la propaganda sistémica. Reforzadores de verdades oficiales, creadores de estereotipos culturales y prejuicios de todos los colores, para todas las ideologías. Fieles a su audiencia, contrarios a la complejidad caleidoscópica de la vida. Espejos ralentizados y deformantes de la actualidad, ese espejismo en el que siempre habita lo urgente y casi nunca lo importante.

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El enemigo. El otro. La diferencia.
La amenaza. El miedo. La violencia.
La patria. La bandera. Los nuestros.

Los medios de comunicación al servicio del poder. En Birmania, aparentemente militar. En el Vaticano y Sudán, aparentemente religioso. En Europa, aparentemente democrático. En todos, lamiendo los pies del poder económico.

El enemigo como opio del pueblo, como algo abstracto y gigantesco a lo que temer o combatir. El odio como acicate de los grupos, la diferencia como generadora de identidad propia, la imposibilidad de convivencia con lo anormal. La exageración de lo macro y la invisibilización de lo próximo. Lo ajeno y extraordinario por encima de lo propio y cotidiano.

Y mucho ruido.
Entretenimiento, distracción, ilusionismo.
La cortina de humo perpetua.
Migajas para el pájaro de Twitter.

Y algunas dichosas excepciones.
La brecha en el muro.
La gota en la piedra.
Luciérnagas en la inmensa (que no infinita) oscuridad.

[ Fotografías: un hombre lee en los callejones de Peshawar (Pakistán) y una viñeta incita a la defensa de la patria en un diario ojeado en Yangón (Birmania). ]
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