7.03 am.
En el andén. De pie, rodeado de desconocidos y sueños rotos. Llega el metro, los que se bajan accionan palancas, klak, las puertas se abren, kzzz, algunos bajan, otros subimos, empujamos para entrar, husmeamos cuerpos ajenos como perros cansados. Colonia barata, ansias de triunfar.

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7.05.
Próxima estación. Los que se bajan accionan palancas, klak, las puertas se abren, kzzz, algunos bajan, otros suben, el resto nos quedamos dentro, encerrados, entretenidos por pantallas ajenas y propias emitiendo irrelevancias. Nadie huele a derrota cotidiana, todavía.

7.07.
Una estación más. Los que se bajan accionan palancas, klak, las puertas no se abren. Accionan palancas de nuevo. Klak. Las puertas permanecen herméticas. El responsable de la palanca, anónimo siempre, es protagonista. Todos le observan, le desprecian, le intuyen débil, un fracasado más, un tipo sin sangre arrastrándose a un trabajo alienante. Lo intenta de nuevo, con más fuerza. Klak. Las puertas no se abren.

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7.08.
Han pasado treinta segundos y cientos de miedos. El aire acondicionado funciona pero la claustrofobia dispara la sensación térmica. Una mujer aparta al enclenque. Klak. Klak. Las puertas no se abren.

7.08.
Afuera algunos intentan abrir las puertas. Klak. Klak. Pretenden llegar al trabajo, desean ser productivos, valorados, necesitan puntualidad y orden para sobrevivir. Klak. Klak. Klak. Fracasan. Tras ellos, un anuncio de lencería gigantesco, una mujer semidesnuda nos observa, pechos llenos, sonrisa vacía, iris imposibles.

7.09.
Iluminados por luces fluorescentes como en un depósito de cadáveres. Expuestos tras un cristal transparente como en un velatorio. Sepultados bajo tierra como en una tumba. Rodeados de muertos vivientes como en una película barata. Pero respirando. Cada vez más rápido.

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7.10.
El error es inaceptable. Lo irreversible genera ansiedad. Es muy improbable que el encierro se prolongue, pero si fueran unas horas alguien, creyente del compartir es vivir, ofrecerá su almuerzo. Algunas personas, pocas, le imitarán voluntariamente y alguien convencerá u obligará al resto a compartir, con dialéctica o amenazas. Si durara unos días, el hedor será insoportable y los más fuertes o los más violentos robarán la comida del resto hasta que el hambre sea insoportable. Entonces, nos devoraremos unos a otros. Y los del andén observarán boquiabiertos el espectáculo caníbal a través del cristal. Golpearán las ventanas. Gritarán. Lo grabarán con el móvil. Y, para intentar frenar el paroxismo, tal vez alguien consiga un arma y nos dispare…

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7.11.
Klak. Kzzz. Las puertas se abren. Algunos bajan. Otros suben. Faltan cuatro paradas para mi destino. Todavía. Salto de mi asiento, aparto a empujones los obstáculos, huyo del vagón sin mirar atrás y empiezo a correr, busco la salida y entro en un túnel, sigo corriendo, subo escalones de tres en tres. Busco la luz, necesito el aire, corro hasta que me deslumbra el sol y puedo entonces, por fin, respirar.

[ Fotografías: Secuencia de un descarrilamiento (metafórico) en Kuala Lumpur (Malasia) ]
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