Una cortina de agua, como una de humo, altera la percepción.
La de humo (nubes ingrávidas a ras de suelo) puede cegarte (si es demagogia o niebla) o asfixiarte (si son recortes de libertades o gases lacrimógenos), pero se diluye con el viento y no deja rastro visible (sólo cierta amargura existencial o, autopsia mediante, restos de metales pesados en los alvéolos pulmonares).
La de agua (belleza fluyendo) texturas y destellos y sonidos y luces y sombras, suele distraer observada en la distancia. De cerca, puede aplastarte (si es una cascada en primavera), ahogarte (si intentas bucear bajo ella), o ambas cosas (si realmente no es tu día).
Él nunca supo (ni le importó) cuánto pesa un litro de agua. En la vida (creía él) hay momentos en los que hay que elegir una opción (solo una) y enfocarla: la belleza está en el árbol, no en una fotografía panorámica del bosque, en el detalle, no en el paisaje. Tal vez por eso, por esa percepción selectiva (dejadez, que diría su madre) no pudo intuir que aquel chaval empezaba a morir mientras él sólo escuchaba un piiiii (autofoco), un clic (disparador) y un clac (obturador). De fondo, el murmullo del agua.
Dos niños ríen, se siguen, se persiguen… Chapotean (felices) en las fuentes de un parque de un país (asiático) en el que el uso (y disfrute) de los espacios públicos se rige por normas que (todavía) admiten (casi exigen) excepciones ciudadanas habituales.

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Cambian de juego. Uno, de cara a la pared, empieza a contar en voz alta. El otro corre, huye, desaparece tras una de las cascadas de la fuente esperando que los destellos del agua distraigan a su amigo. Confiando en ella. Nervioso y veloz (y descalzo), el niño resbala (un golpe seco contra el suelo mojado).
Aturdido, se incorpora. Un leve (y breve) mareo le empuja hacia adelante unos centímetros. El agua le aturde, el niño recae y, desorientado, abre la boca para gritar, eh, estoy aquí, ayúdame.
Mientras la cortina se transformaba en telón del espectáculo (aplausos, por favor), él encuadraba (más aplausos para el artista) y buscaba la libertad (formal). Se creía un fotógrafo de viajes, un documentalista que, por unos segundos, abandonaba la transcripción literal de la realidad para interpretarla, pretendía escribir con luz la textura del agua (que atrae y que calma, que aturde, que ahoga) trasluciendo la sombra de un niño que luchaba por vivir, por mantenerse en pie.
Y, en ese instante, un fogonazo, una revelación, un segundo de éxtasis estético: la versión de un cuadro de Goya, ante sus ojos. Entre el lienzo y su fotografía sólo cambiaban las combinaciones cromáticas (colores tierra por azules líquidos) y el título (un perro en la arena por un niño en el agua). Pero la fotografía conceptual de la angustia y la desesperación, del peso de la realidad que (arena o agua) nos oprime y pretende (y a veces consigue) aplastarnos, estaba ahí.

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Un minuto después, sentado al borde del estanque (con los pies en el agua), sonreía comprobando en su visor el resultado fotográfico de una tarde en el parque.
Gritos de niños y mujeres, a unos metros de él, interrumpieron su divagación.

Desde aquel día, su cámara (esa caníbal canalizadora de la percepción selectiva) cumple condena sine die en un armario y espera (paciente y resentida) que él (o alguien, un psiquiatra, un vidente, quien sea), averigüe cómo podría en sus noches de insomnio (y pinturas negras) fotografiar la ansiedad, la desesperación del observador que vive en la parálisis del (constante, demoledor e inmisericorde) anàlisis retrospectivo. Tal vez el arte fuera (en esta ocasión) útil, sanador, catártico.

Tal vez no.

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