Cuando me desperté aquella mañana (después de un sueño intranquilo) no descubrí que mi cuerpo se había transformado en una máquina diseñada (milimétricamente) para torturarme. Fue después, al levantarme e intentar caminar, cuando sentí un pinchazo (un alfiler, un clavo, una descarga eléctrica) en el talón de mi pie derecho. Podría explicar ahora que en aquel momento mi voluntad (si alguien puede decidir al despertar) no sirvió de nada. Podría justificarme diciendo que nada (ni una pesadilla) me alertó de la disfunción de mi cuerpo hasta entonces siempre eficaz. Podría culpar a otro (a mi insomnio, al despertador que me roba los sueños, a la persiana que bloqueaba la luz) y creer que no fui yo el único responsable de mi destino. Pero lo cierto es que (asustado por el dolor) levanté el pie derecho, perdí el equilibrio (que dudo tuviera alguna vez) y caí. El pie izquierdo intentó salvarme cargando el peso de mi cuerpo, pero nadie soporta la responsabilidad de otro sin (al menos) una explicación (una causa, una recompensa).

Caí con todo (frente, dientes, carne y huesos) contra todo (armario, mesilla, madera y terrazo). Tumbado en el suelo (como un escarabajo panza arriba), sentí mi cuerpo y probé mi sangre, demasiado salada para la hora del café (con tres de azúcar). La caída, además de aumentar mi patetismo (muy elevado al despertar), me había partido el labio y roto algunos dientes. Lo sé porque entonces escupí algunos envueltos en la sangre de la encía y el labio (mucha sangre, mucha saliva), porque después me miré en el espejo (y ya no estaban en mi boca), porque la noche siguiente (con la luz encendida) encontré un calcetín (y un lápiz y una moneda y un usb y el folleto de un restaurante chino) mientras los localizaba uno a uno (bajo la cama, detrás de la mesilla, camuflados en una bola de pelo y polvo) y porque todo esto lo escribo ahora, desde un presente en el que ya he pagado al dentista que me ha falsificado cinco dientes (uno no lo he encontrado, tal vez ya esté en mi intestino) y me ha posibilitado (no conseguido, nunca podría) una sonrisa de anuncio de dentífrico y felicidad. Derribado (como un árbol enclenque por el aleteo de una mosca), con la mejilla y la barbilla empapados de sangre y baba, cojo y desdentado. Qué alegría empezar un nuevo día (lleno de oportunidades), debí pensar aquella mañana.

El dolor (al contrario que el odio) genera (en casi todo el mundo) el deseo de su ausencia (que no de su opuesto). Pisas, te duele, levantas el pie. Podrías pensar en caminar descalzo sobre la hierba (o en un masaje con aceite o en un cubo de agua helada o morfina intravenosa después de correr un maratón descalzo). Pero sueñas con la ausencia de dolor (que alguien apague esto de una vez, por favor), en reducirlo, en destruirlo (y mear sobre su cadáver). No te obsesiona el placer (o cualquier otra sensación), sólo deseas eso, el vacío, disfrutar (aunque sea unos minutos) el síndrome de la insensibilidad congénita al dolor. Porque el único punto de partida hacia la serenidad (ya lo explicaron otros) es la nada. O eso creo que pensaba mientras mis dedos (ciegos como yo en aquella habitación oscura) intentaban ver qué dientes me había robado el golpe contra la mesilla (y qué cicatriz me regalaba a cambio). Me incorporé despacio (temía caer de nuevo, los golpes contra la misma piedra siempre duelen más) concentrado para no resbalar con la sangre que barnizaba mis dedos (y mis mejillas y mi cuello). Me senté en la cama y encendí la luz (y manché el interruptor, ya veía el rojo de mi sangre). Busqué el teléfono inalámbrico (me relajaría llamar a alguien, no importaba a quién) pero no pude (o no supe) encontrarlo.

Me levanté apoyando todo el peso en mi pierna izquierda, atento a cualquier sensación (un alfiler, un clavo, una descarga eléctrica) en mi talón derecho. Renqueante (y desdentado) me arrastré hasta el baño y contemplé el desastre (los dientes perdidos, la frente hinchada, el labio roto, la boca ensangrentada). Buedos giash, me dije. Y sonreí. Buedos giash, repetí. Sonreí un poco más. El labio roto se separó del labio indemne y pude ver (no encontrar) los dientes que faltaban. La risa histérica aparece (siempre) cuando el agotamiento (o el dolor o las drogas o el estrés) dirige nuestro comportamiento (o nos libera de nuestras órdenes, de nuestra moral). Eso debí pensar (si pensé en algo) mientras las carcajadas (anarquistas, espontáneas por naturaleza) me obligaban a olvidar la sangre (que ya manchaba mi pecho) y el dolor del labio y la frente (los dientes rotos no duelen).

La radiografía era cristalina: donde debía verse la curva del hueso calcáneo (el talón) sobresalía un triángulo (un clavo enorme) que perforaba la carne (un tendón) y generaba inflamación y dolor, especialmente cuando el riego sanguíneo era escaso (al despertar, al concluir un día alienante más de esclavitud laboral frente al ordenador). Lo que la radiografía no dibujaba con precisión era por qué la transformación había empezado aquella mañana, por qué el talón era el principio (luego el labio, después los dientes)…

Mirando el negativo de mis huesos (la luz, el blanco, el negro) intenté encontrar (o intuir) algún motivo para esa deformidad. Un clavo de hueso que apunta al suelo (una lanza, una flecha, un arpón), un intento de agujerear la tierra (un pico, una pala, una taladradora), un mensaje de mi cuerpo (un símbolo), una necesidad física (y dolorosa) de vivir con los pies en el suelo (en la sociedad, en la cuadrícula, en la norma) y (a la vez) una descarga eléctrica cada vez que intento avanzar (o retroceder o correr sin rumbo o huir desesperado), un aviso (una causa, una consecuencia, una prueba), un lo intentaste (pero yo me quedo), un vete (o será tarde), una angustia, una agonía.

Cuando me he despertado esta mañana (aterrorizado después de otro sueño intranquilo) he dudado si el dolor del codo y la muñeca y las rodillas (y el cráneo y la cadera y las costillas) eran más huesos creciendo para clavarse en algún sitio (el colchón de la cama, el cuerpo de mi amante, mis pesadillas).

Me pregunto qué pasará cuando el filo de alguno de esos clavos atraviese mi piel.

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