Hemos luchado con todo el corazón y toda el alma”. Así resume un trabajador de Panrico la que ha sido la huelga más larga de la democracia en Catalunya y una de las más largas de España. Desde el 13 de octubre de 2013, durante 244 días (y sus noches) la plantilla organizó turnos a los pies de la fábrica para evitar 745 despidos y la precarización laboral de quienes se reincorporaran en el futuro. Un símbolo dramáticamente perfecto de la situación de este país, de lo que fue y difícilmente será de nuevo.

Coca-Cola ha planteado el cierre de cuatro de sus once fábricas y el despido de 1.200 personas  ( su ERE fue anulado ayer por la justicia). Tragsa prescindirá de más de 1.000 trabajadores. Hewlett Packard despedirá a más de 200, un 65% de su plantilla. Los conflictos laborales se multiplican por todo el Estado y la resistencia de Panrico encarnó durante 8 meses las palabras de John Berger: “algunos luchan porque odian aquello a lo que se enfrentan; otros porque ponen a prueba su vida y desean dar sentido a su existencia. Estos últimos suelen ser más pertinaces en la lucha”.

Los detalles* de este proceso kafkiano y agotador pueden distraer la atención de lo esencial, de las personas que protagonizaron esta huelga. Hombres y mujeres que empezaron en la fábrica con 16 años y ahí seguían, veinte, treinta, cuarenta años después, en la misma cadena de montaje, en el mismo almacén, en el mismo camión. Personas con lesiones crónicas causadas por décadas de movimientos repetitivos que, al hablar de los Donuts, utilizan la primera persona porque los sienten suyos. Tal vez por eso, por esa intimidad que sólo construye el tiempo, se sientan profundamente traicionadas en esta desoladora encrucijada. Tal vez por eso gritaron todo este tiempo Panrico somos todos; porque Panrico son ellos y somos nosotros, es España, es Portugal, es Grecia. Porque antes un contrato indefinido era de por vida y ahora los contratos son por horas. Porque el modelo cambia regresivamente, está aplastando a millones de personas y, luchando por sus derechos, luchaban por los de todos.

Ocho meses de incertidumbre son demasiados para permanecer día y noche a las puertas de una fábrica, en una cabaña que creyeron efímera y finalmente ha soportado un invierno largo y complicado. En 244 días ha habido tiempo para reír, llorar, sufrir y soñar. Asambleas, manifestaciones y cargas policiales, fé en la justicia y ateísmo institucional, confianza en los sindicatos y decepciones constantes, lealtades y puñaladas entre compañeros, una caja de resistencia para suplir la ausencia de ingresos, ánimo para resistir y ansiedad por no saber nunca hasta cuándo, qué día llegaría la muerte o la resurreción.

Cuando miran atrás aparece en sus rostros la nostalgia de un pasado que nunca volverá, y en el futuro sólo ven un agujero negro que nadie sabe todavía si es un pozo o un túnel con la luz tras la próxima curva. Pero cuando miran a cámara, cuando nos miran, lo hacen de frente, con la honestidad del que no tiene nada que ocultar, la serenidad del que ha hecho todo lo posible y la rotundidad del que no tiene nada que perder.

Retratos fotográficos: participantes en la huelga, a los pies de la fábrica de Panrico en Santa Perpètua de Moguda. Nunca se puede agradecer lo suficiente el acto de confianza que supone un retrato en circunstancias semejantes. A toda la gente que me regaló su mirada, muchas gracias. ]

Edición del vídeo: los grandes de Baikal ]

*La historia de Panrico, en datos y cifras: De fabricar un producto estrella a absorber otras marcas, de empresa familiar a multinacional con constantes giros en la estrategia comercial, todo en cincuenta años. La sociedad Panificio Rivera Costafreda (cuyo acrónimo es Panrico) nació como empresa familiar en 1962 con 400.000 pesetas. En 2005, en plena burbuja, la firma de capital-riesgo Apax Partners la compró por unos 900 millones de euros (unos 150 mil millones de pesetas). En 2011, otra firma de capital-riesgo, Oaktree, adquiere la empresa tras “reestructurar la deuda” a 90 millones de euros mientras gestiona 7.500 millones en diversos países “invirtiendo en empresas con problemas”.

Y entonces, la mal llamada crisis, pérdidas millonarias y vía libre para que Panrico* ejecutara varios EREs y recortes salariales mientras los sueldos de algunos directivos aumentaban hasta un 67%. Así hasta septiembre de 2013, cuando la empresa propietaria de Donuts, Donettes, Bollycao o La Bella Easo suspendió pagos y planteó el despido de casi 2.000 de sus 4.000 empleados y recortes salariales de un 40% para gestionar los 700 millones de pérdidas acumuladas. Tras negociar con la plantilla, rebajaron los despidos a 745 y el recorte a un 18%. Pero una de las plantas más afectadas, la de Santa Perpètua de Moguda (Barcelona) no accedió a la “reestructuración operativa y financiera” propuesta por Carlos Gila e inició una huelga indefinida el 13 de octubre. El 19 de mayo la Audiencia Nacional prohibió la ejecución de los 156 despidos previstos para 2015 y 2016. Pero consideró legales los 312 de 2013 y los 277 previstos para 2014. Ayer, 13 de junio, 8 meses después, e infinidad de reuniones estériles entre empresa, sindicatos mayoritarios y Generalitat, la plantilla desconvocó la huelga.

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