Juan Carlos, mÃrame a los ojos. Acércate, no te haré daño.
MÃrame como miraste a tu hermano Alfonso antes de matarle en 1956.
Tú tenÃas 18 años y estudiabas en la Academia militar, donde aprendÃas de jerarquÃas, armas y patrias. Alfonso, 14.
Dicen muchas cosas. Que disparaste un revólver mientras jugabais, que fue un accidente, que la bala rebotó en la pared, que le disparaste al rostro directamente, que la bala entró por el orificio de su nariz y perforó su cráneo… Nadie sabe, sólo tú, ningún juez lo investigó…
MÃrame y explÃcame si es verdad que te hundiste entonces, que quisiste retirarte a un monasterio tras el accidente… Si es asÃ, cuéntame por qué sigues disparando y matando a inocentes tantos años después, por qué eliges de entre todas tus presas a las más vulnerables.
Por qué yo, un elefante africano, si no puedo huir, si no te ataco…
Y por qué en Botswana. Por qué pagas 45.000€ para llegar a un paÃs lejano cuyo gobierno desoye los gritos de su pueblo cuando puedes escuchar gratis, es cuestión de salir a la calle, gritos de indignación en el tuyo.
Tal vez sea la cercanÃa de tu muerte la que te empuja a dispararme, el dolor y la rabia que brotan ante situaciones inevitables, ante lo incontrolable del destino.
Tal vez la envidia. PagarÃas por saber en qué momento morirás para poder caminar tranquilo, como nosotros, hasta el cementerio recordando lo vivido, sintiendo los últimos rayos de luz…
Intento comprenderte, Juan Carlos, no quieres morir, estás asustado… Te aferras a la vida como a tu cargo, te niegas a aceptar el final de tus dÃas.
Y por eso matas.
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