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La niña de la fotografía sostiene la bandera del país que, según le cuentan, es su patria. En teoría, celebra la independencia de Pakistán hace 65 años. Pero el día, el lugar, el motivo y la bandera podrían ser otros y poco o nada cambiaría.

Lo interesante, lo inquietante, lo que está fuera de lugar en una fiesta es la incipiente melancolía en su mirada, el rictus de su boca, la ausencia de orgullo o alegría por la escisión de India. Nadie le explicó que para crear India y Pakistán nueve millones de personas huyeron y lo abandonaron todo, que fueron obligados a exiliarse de uno y renacer en otro, que un millón de personas murió a cuchillo y fuego, hindúes y musulmanes y sijs asesinándose entre sí. Nadie le dijo que la bandera que enarbola, como todas las banderas, corona una montaña abrumadora de sangre, muerte y dolor…

Pero sus ojos nos explican que ella intuye, que su instinto la alerta: una avalancha de valores y normas intentarán dirigir todos los minutos de su vida, modelar su actuar, su sentir, su pensar. Tal vez por eso su mirada oscila entre la duda y miedo, entre el no saber si es capaz de cuestionar a su familia y el saber que de nada serviría, más allá de la ira y el castigo.

Es la imposibilidad de elección lo que la hunde, lo que nos hunde a todos (y lo que provoca rebeliones). Ya ha aprendido que es más fácil memorizar y repetir que analizar y crear, que es menos conflictivo reproducir que comprender. Por eso la tristeza en su mirada, por eso su boca no corea los lemas que otros inventaron, por eso ella sostiene la bandera pero deja que sea el viento quien la ondee…