Imagen y palabra, una selección…

 

Ciegos…

 

” [...] si antes de cada acción, pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón,
hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla [...] “.

 
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[ palabras: Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago ]
 
[ fotografía: suburbios de Nueva Delhi ]
 
#palabras-propias#palabras-ajenas

 


 
Vida vivida…
 

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“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”

Tocará vivir como si la vida nos fuera en ello, como si no fuera muerte la vida no vivida, ni vida la muerte que no viene…

 

[ cita: Jorge Luis Borges ]
[ fotografía: Castleton, Inglaterra ]
 
#palabras-propias … #palabras-ajenas

 


 
El último baño del verano…
 

El último baño del verano tiene algo de despedida, de pérdida, de funeral.
Ritualizarlo, acercándote desnudo a las olas de una playa que te ha visto nadar, soñar y llorar, es negociar el reencuentro.
Es buscar en el agua la fe que no encuentras en el aire cada día más frío.
Es esperar paciente que, si el invierno no acaba con el mundo, el sol vuelva a su lugar en primavera…

 
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[ fotografía: Ko Hin-Ngam, durante un viaje por Tailandia ]
 
#palabras-propias

 


 

Alguna vez, un mundo…

 
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“Sin embargo… parecen adivinarse aquí y allá dispersas, débiles, inciertas huellas de que ha habido,
de que ha podido haber, o por lo menos ha querido haber, alguna vez, un mundo”.

[ texto: Rafael Sánchez Ferlosio, en su (brutal) Vendrán más años malos y nos harán más ciegos ]
 
[ fotografía: Crosby, Inglaterra ]
 
#palabras-ajenas

 


 

Siempre, un mundo…

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Es elegir otra fotografía (disparada una hora después, cuando la marea se disponía a ahogar las increíbles estatuas de Antony Gormley) y transformar
el blanco y el negro y los grises en colores cálidos y (parafraseando al Ferlosio que acompaña la imagen anterior) sentir que, pese a todo, parecen estallar aquí y allá constantes y brutales evidencias de que ha habido, de que hay, de que habrá o querrá haber, siempre, un mundo.

[ fotografía: Crosby, Inglaterra ]
 
#palabras-propias


 

Todo es muy simple…
 
 
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Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
 
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en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
 
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sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.

 

[ poema de ] Idea Vilariño

[ fotografías de ] Kosovo.

[ los fotografiados son ] Supervivientes de mina antipersona.

#poesia

 


 
Clavos
 
Cuando me desperté aquella mañana (después de un sueño intranquilo) no descubrí que mi cuerpo se había transformado en una máquina diseñada (milimétricamente) para torturarme. Fue después, al levantarme e intentar caminar, cuando sentí un pinchazo (un alfiler, un clavo, una descarga eléctrica) en el talón de mi pie derecho. Podría explicar ahora que en aquel momento mi voluntad (si alguien puede decidir al despertar) no sirvió de nada. Podría justificarme diciendo que nada (ni una pesadilla) me alertó de la disfunción de mi cuerpo hasta entonces siempre eficaz. Podría culpar a otro (a mi insomnio, al despertador que me roba los sueños, a la persiana que bloqueaba la luz) y creer que no fui yo el único responsable de mi destino. Pero lo cierto es que (asustado por el dolor) levanté el pie derecho, perdí el equilibrio (que dudo tuviera alguna vez) y caí. El pie izquierdo intentó salvarme cargando el peso de mi cuerpo, pero nadie soporta la responsabilidad de otro sin (al menos) una explicación (una causa, una recompensa).
 
Caí con todo (frente, dientes, carne y huesos) contra todo (armario, mesilla, madera y terrazo). Tumbado en el suelo (como un escarabajo panza arriba), sentí mi cuerpo y probé mi sangre, demasiado salada para la hora del café (con tres de azúcar). La caída, además de aumentar mi patetismo (muy elevado al despertar), me había partido el labio y roto algunos dientes. Lo sé porque entonces escupí algunos envueltos en la sangre de la encia y el labio (mucha sangre, mucha saliva), porque después me miré en el espejo (y ya no estaban en mi boca), porque la noche siguiente (con la luz encendida) encontré un calcetín (y un lápiz y una moneda y un usb y el folleto de un restaurante chino) mientras los localizaba uno a uno (bajo la cama, detrás de la mesilla, camuflados en una bola de pelo y polvo) y porque todo esto lo escribo ahora, desde un presente en el que ya he pagado al dentista que me ha falsificado cinco dientes (uno no lo he encontrado, tal vez ya esté en mi intestino) y me ha posibilitado (no conseguido, nunca podría) una sonrisa de anuncio de dentífrico y felicidad. Derribado (como un árbol enclenque por el aleteo de una mosca), con la mejilla y la barbilla empapados de sangre y baba, cojo y desdentado. Qué alegría empezar un nuevo día (lleno de oportunidades), debí pensar aquella mañana.
 
El dolor (al contrario que el odio) genera (en casi todo el mundo) el deseo de su ausencia (que no de su opuesto). Pisas, te duele, levantas el pie. Podrías pensar en caminar descalzo sobre la hierba (o en un masaje con aceite o en un cubo de agua helada o morfina intravenosa después de correr un maratón descalzo). Pero sueñas con la ausencia de dolor (que alguien apague esto de una vez, por favor), en reducirlo, en destruirlo (y mear sobre su cadáver). No te obsesiona el placer (o cualquier otra sensación), sólo deseas eso, el vacío, disfrutar (aunque sea unos minutos) el síndrome de la insensibilidad congénita al dolor. Porque el único punto de partida hacia la serenidad (ya lo explicaron otros) es la nada. O eso creo que pensaba mientras mis dedos (ciegos como yo en aquella habitación oscura) intentaban ver qué dientes me había robado el golpe contra la mesilla (y qué cicatriz me regalaba a cambio). Me incorporé despacio (temía caer de nuevo, los golpes contra la misma piedra siempre duelen más) concentrado para no resbalar con la sangre que barnizaba mis dedos (y mis mejillas y mi cuello). Me senté en la cama y encendí la luz (y manché el interruptor, ya veía el rojo de mi sangre). Busqué el teléfono inalámbrico (me relajaría llamar a alguien, no importaba a quién) pero no pude (o no supe) encontrarlo.
 
Me levanté apoyando todo el peso en mi pierna izquierda, atento a cualquier sensación (un alfiler, un clavo, una descarga eléctrica) en mi talón derecho. Renqueante (y desdentado) me arrastré hasta el baño y contemplé el desastre (los dientes perdidos, la frente hinchada, el labio roto, la boca ensangrentada). Buedos giash, me dije. Y sonreí. Buedos giash, repetí. Sonreí un poco más. El labio roto se separó del labio indemne y pude ver (no encontrar) los dientes que faltaban. La risa histérica aparece (siempre) cuando el agotamiento (o el dolor o las drogas o el estrés) dirige nuestro comportamiento (o nos libera de nuestras órdenes, de nuestra moral). Eso debí pensar (si pensé en algo) mientras las carcajadas (anarquistas, espontáneas por naturaleza) me obligaban a olvidar la sangre (que ya manchaba mi pecho) y el dolor del labio y la frente (los dientes rotos no duelen).
 
…
 
La radiografía era cristalina: donde debía verse la curva del hueso calcáneo (el talón) sobresalía un triángulo (un clavo enorme) que perforaba la carne (un tendón) y generaba inflamación y dolor, especialmente cuando el riego sanguíneo era escaso (al despertar, al concluir un día alienante más de esclavitud laboral frente al ordenador). Lo que la radiografía no dibujaba con precisión era porqué la transformación había empezado aquella mañana, porqué el talón era el principio (luego el labio, después los dientes)…
 
Mirando el negativo de mis huesos (la luz, el blanco, el negro) intenté encontrar (o intuir) algún motivo para el espolón calcáneo (así se llama la deformidad). Un clavo de hueso que apunta al suelo (una lanza, una flecha, un arpón), un intento de agujerear la tierra (un pico, una pala, una taladradora), un mensaje de mi cuerpo (un símbolo), una necesidad física (y dolorosa) de vivir con los pies en el suelo (en la sociedad, en la cuadrícula, en la norma) y (a la vez) una descarga eléctrica cada vez que intento avanzar (o retroceder o correr sin rumbo o huir desesperado), un aviso (una causa, una consecuencia, una prueba), un lo intentaste (pero yo me quedo), un vete (o será tarde), una angustia, una agonía.
 
…
 
Cuando me he despertado esta mañana (aterrorizado después de otro sueño intranquilo) he dudado si el dolor del codo y la muñeca y las rodillas (y el cráneo y la cadera y las costillas) eran más huesos creciendo para clavarse en algún sitio (el colchón de la cama, el cuerpo de mi amante, mis pesadillas).
 
Me pregunto qué pasará cuando el filo de alguno de esos clavos atraviese mi piel.
 
 
…
 
 
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#relatos#palabras-propias

 


 
Perro en la arena, niño en el agua…
 
Una cortina de agua, como una de humo, altera la percepción.
La de humo (nubes ingrávidas a ras de suelo) puede cegarte (si es demagogia o niebla) o asfixiarte (si son recortes de libertades o gases lacrimógenos), pero se diluye con el viento y no deja rastro visible (sólo cierta amargura existencial o, autopsia mediante, restos de metales pesados en los alvéolos pulmonares).
La de agua (belleza fluyendo) texturas y destellos y sonidos y luces y sombras, suele distraer observada en la distancia. De cerca, puede aplastarte (si es una cascada en primavera), ahogarte (si intentas bucear bajo ella), o ambas cosas (si realmente no es tu día).
Él nunca supo (ni le importó) cuánto pesa un litro de agua. En la vida (creía él) hay momentos en los que hay que elegir una opción (solo una) y enfocarla: la belleza está en el árbol, no en una fotografía panorámica del bosque, en el detalle, no en el paisaje. Tal vez por eso, por esa percepción selectiva (dejadez, que diría su madre) no pudo intuir que aquel chaval empezaba a morir mientras él sólo escuchaba un piiiii (autofoco), un clic (disparador) y un clac (obturador). De fondo, el murmullo del agua.
Dos niños ríen, se siguen, se persiguen… Chapotean (felices) en las fuentes de un parque de un país (asiático) en el que el uso (y disfrute) de los espacios públicos se rige por normas que (todavía) admiten (casi exigen) excepciones ciudadanas habituales.
 
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Cambian de juego. Uno, de cara a la pared, empieza a contar en voz alta. El otro corre, huye, desaparece tras una de las cascadas de la fuente esperando que los destellos del agua distraigan a su amigo. Confiando en ella. Nervioso y veloz (y descalzo), el niño resbala (un golpe seco contra el suelo mojado).
Aturdido, se incorpora. Un leve (y breve) mareo le empuja hacia adelante unos centímetros. El agua le aturde, el niño recae y, desorientado, abre la boca para gritar, eh, estoy aquí, ayúdame.
Mientras la cortina se transformaba en telón del espectáculo (aplausos, por favor), él encuadraba (más aplausos para el artista) y buscaba la libertad (formal). Se creía un fotógrafo de viajes, un documentalista que, por unos segundos, abandonaba la transcripción literal de la realidad para interpretarla, pretendía escribir con luz la textura del agua (que atrae y que calma, que aturde, que ahoga) trasluciendo la sombra de un niño que luchaba por vivir, por mantenerse en pie.
Y, en ese instante, un fogonazo, una revelación, un segundo de éxtasis estético: la versión de un cuadro de Goya, ante sus ojos. Entre el lienzo y su fotografía sólo cambiaban las combinaciones cromáticas (colores tierra por azules líquidos) y el título (un perro en la arena por un niño en el agua). Pero la fotografía conceptual de la angustia y la desesperación, del peso de la realidad que (arena o agua) nos oprime y pretende (y a veces consigue) aplastarnos, estaba ahí.
 
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Un minuto después, sentado al borde del estanque (con los pies en el agua), sonreía comprobando en su visor el resultado fotográfico de una tarde en el parque.
Gritos de niños y mujeres, a unos metros de él, interrumpieron su divagación.

Desde aquel día, su cámara (esa caníbal canalizadora de la percepción selectiva) cumple condena sine die en un armario y espera (paciente y resentida) que él (o alguien, un psiquiatra, un vidente, quien sea), averigüe cómo podría en sus noches de insomnio (y pinturas negras) fotografiar la ansiedad, la desesperación del observador que vive en la parálisis del (constante, demoledor e inmisericorde) anàlisis retrospectivo. Tal vez el arte fuera (en esta ocasión) útil, sanador, catártico.
 
Tal vez no.
 

#relatos#palabras-propias